La Vela

Recordé un chiste que mi hermana Gladys me contó cierta vez, hace ya un cuarto de siglo, pero el relato vuelve nítido a mi memoria, su inesperado final me causó tal gracia, que pienso que fue ese el motivo que permitió que  se alojara en mis recuerdos.  Gladys, de entre mis hermanas siempre fue la más graciosa y durante todo el tiempo que yo esperaba a su primer sobrino (de mi parte, pues conjuntamente ya teníamos dos).  Se propuso contarme un chiste cada día y yo la esperaba ansiosamente a que llegara del colegio, por aquella época, ella iniciaba los estudios secundarios.

 Transcribiré la historia, exactamente tal cual la evoco, viendo a Gladys frente a mí, con los gestos exagerados y el donaire que siempre la caracterizó:

 En una noche, en que cierto hombre con malformaciones en la boca, quería apagar una vela, soplándola, varias veces, muchas,  pero no pudo ya que el labio superior lo tenía torcido hacia la izquierda y no solo eso si no que se abultaba y levantaba de tal modo que semejaba un toldo en miniatura, que cubría en su totalidad el inferior, soplaba y resoplaba contorsionando el rostro de derecha a izquierda, girando los ojos, perdiendo el aliento.  El susodicho personaje al no poder expeler el aire directamente a la vela, fue a casa de su vecino a pedirle que la apagara, pero su amigo tenía el mismo problema, solo que de forma alterada hacia  el lado contrario, es decir el toldito lo tenía hacia la derecha entre ambos se pusieron a soplar : ¡phuuuuuuuuf! ¡phufffffffffff! Pero la llamita seguí tan campante en su translúcida danza luminosa.

 Decidieron ambos ir a la casa de un tercer amigo, pero ya cuando habían tocado el timbre, recordaron que éste también tenía un leve defecto en los labios, pero fue tarde para dar marcha atrás.  Él salía a recibirlos.  Este tercer personaje tenía justamente lo opuesto a los dos primeros, o sea el labio superior totalmente aplastado y el inferior subido y dilatado en la base y recogida por la franja levemente roja que podríamos llamar labio, cuya forma cónica a guisa de palangana, obturaba la salida de cualquier insinuación de aire.  Todo esfuerzo era en vano. En ese momento uno de ellos dijo: vamos junto a Tolomeo que tiene normales los labios, y de un solo soplido la apagará. 

Una vez explicado el problema, Tolomeo cogió la vela, humedeció el pulgar y el índice y con ellos presionó el pabilo y mató así la llama.

 Aunque jocosa ésta ficción, no deja de darme una lección contundente, la de no dejarnos llevar por nuestras imposibilidades al punto de no detenernos a pensar en otras posibles salidas.  Quizás la solución a nuestros conflictos, pase  por la más sencilla de las vías.

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